martes, 25 de diciembre de 2018

El infame ladrón

El paseante de cadáveres, relatos de la China Profunda.

LIAO YIWU

*No es mi intención infringir los derechos de autor, simplemente quiero compartir con ustedes este magnífico relato.

FOTO FUENTE: https://mundo.sputniknews.com/america-latina/201606101060615588-Valentin-Cardenas-Joaquin-Guzman/





El séptimo día del primer mes del calendario lunar de 1991, acompañé a un abogado amigo mío a una prisión de Chongqing para visitar al ladrón Cui Zhixiong. En cumplimiento de la pena de muerte a la que había sido condenado, Cui Zhixiong sería ejecutado en cuarenta y cinco días. «Me queda el equivalente a una Fiesta de la Primavera», dijo.
Lo condenaron a los treinta y nueve años. Cui, con grandes ojos y pobladas cejas, un tipo de complexión fuerte que en un día tan frío como aquél llevaba tan sólo una camiseta sin ropa interior, se comportaba como si no lo fueran a ejecutar y su actitud me recordó a la disposición propia de los soldados de infantería que protagonizan muchas películas. Aun llevando pesadas cadenas, se mostró sereno ante nosotros y perspicaz al hablar de su caso.
Varios años después, cuando me dispuse a ordenar los recuerdos de su historia, no quedaría de él más que cenizas, pero en cuanto me acordaba, un sudor frío bañaba mis manos. Dios mío, ¿todo aquello ocurrió de verdad? ¿Seguirá Cui siendo un preso a la fuga en el infierno?
Liao Yiwu: ¿No fumas? Es raro en un preso.
Cui Zhixiong: En la cárcel no está permitido fumar.
Liao: Las reglas están para romperlas, así es la naturaleza humana. Además, la situación de ahora es particular y podrías hacerlo.
Cui: La dignidad de las personas es más importante que su propia naturaleza. Quizás incluso la razón por la que se menosprecia a los presos no es por el delito por el que hayan sido encarcelados sino porque ellos mismos han perdido su propia dignidad. ¿Quién no va a querer fumar aquí dentro? Quieres fumar aunque no seas fumador y más en una situación como la mía, cuando ves que sólo esperas a que pasen los días hasta que llegue el momento de tu ejecución. Pero un cigarrillo puede hacer que pierdas la dignidad, puesto que puedes terminar recogiendo las colillas que encuentras tiradas y atesorándolas como si fuera algo preciado. Y a veces son los abogados o los policías quienes nos los ofrecen… ¿Cuántos cigarrillos no se habrán cambiado por vete a saber cuántas confesiones a los policías?, ¿cuántos trozos de carne habrán sido intercambiados por un par de chivatazos?… Y sólo cuando estés a punto de morir te darás cuenta de lo mezquina que ha sido tu vida.
Liao: No te negaré que ir recogiendo colillas por el suelo no sea vergonzoso, pero no creo que llegue al extremo de hacer perder la dignidad a alguien. Durante la Revolución Cultural,
mi padre asistió a un curso sobre crímenes organizados y mafias cuyas normas eran muy estrictas y todos los días los temas principales eran o «declaraciones y confesiones» o «denuncias». Su adicción al tabaco era tal que también llegaba a fumarse las colillas que encontraba por los suelos e incluso liaba hierbajos y se los fumaba. Una vez, durante una asamblea, se agachó tantísimo que los allí presentes pensaron que estaba haciendo una reverencia como muestra de educación y buenas
maneras, pero en realidad no sabían que a unos pocos centímetros había una colilla que uno de los guardias había tirado.
Faltó poco para que se cayera de bruces.
Cui: No es comparable una situación con otra. Tu padre no cometió ningún delito. En mi profesión, mucho más difícil que la suya, estás obligado a controlarte a ti mismo. Me irrita que los presos se fumen las colillas del suelo. Me gustaría abrirle la boca a todo aquél que posa una de las colillas en sus labios y hacérsela tragar.
Liao: Tranquilo, hablemos de otros asuntos.
Cui: Estoy tranquilo. ¿De qué quieres hablar, de mi caso?
Liao: Tú eliges.
Cui: Mi caso concluyó ayer. Ayer apareció el comisario junto con dos periodistas que grabaron todo. Me hicieron contar con pelos y señales las técnicas de mi modus operandi al robar cajas fuertes, toda mi historia delictiva antes de ejecutarme, pues los casos archivados aumentan cada vez más y, entre
ellos, hay uno cuya técnica es muy parecida a la mía. Al menos el comisario tuvo la decencia de no engañarme diciendo que recibiría indulgencia. ¿Y tú?
Liao: ¿Yo qué?
Cui: Por tu aspecto no pareces policía ni periodista, te asemejas más a un monje indisciplinado. Sin pelo, con la mirada vivaz… Al verte con tu pluma, ¿qué escribes, artículos freelance?
Liao: Sí que tienes ojo, estoy impresionado, ¿te dedicas a adivinar la profesión de la gente o qué?
Cui: Me dedico a reconocer maquinarias, no a la gente. Desde que entré aquí, aparte de criminales, sólo me visitan policías, abogados y algún doctor para comprobar que estoy bien físicamente. No eres de este círculo. Y como tampoco a ningún hombre de negocios le interesaría venir a verme, lo
más probable es que te dediques a escribir.
Liao: Al parecer no estás muy por la labor de hablar de tu caso. Ya lo habrás contado tantas veces que estarás harto.
Cui: Charlemos de mi fuga.
Liao: Tu principal delito es el robo de cajas fuertes, ¿cierto?
Cui: El robo de las cajas fuertes se queda en nada comparado con el delito de fuga. Eso sí que fue asombroso. Dios nos enseñó que debemos hacer buenas acciones en vida y mis asombrosas fugas también constituyen buenas acciones, pues satisfacen la curiosidad del hombre.
Liao: Soy todo oídos.
Cui: La primera vez que me pillaron hace dos años me encerraron en una comisaría de Geleshan. Se trataba de una prisión de la vieja escuela, una reliquia del Kuomintang, que, a pesar de tener varias docenas de años, parecía más sólida que las cárceles de hoy en día, pues los muros son de piedra y
los vigilantes no paran de pasearse por los cuatro costados. El patio al aire libre, el comedor y la sala de reuniones eran espacios rectangulares divididos en dos partes. Los automóviles entraban por la puerta principal y, al franquearla, se abría una pequeña zona al aire libre que, al traspasarla, conducía al bajo de la prisión. La planta baja estaba compuesta por la sala de interrogatorios, la cocina, los baños separados en dos salas, una con las duchas y otra con los inodoros, y un almacén. En la segunda planta se encontraban las celdas, con un total de dieciséis, incluyendo una celda especial para mujeres. Y, claro, también había una sala de policía muy soleada en la segunda planta orientada al sur. En medio de la cárcel, corría un pasillo circular, frío y tan oscuro que por la mañana ya tenía que tener las lámparas encendidas. En mi celda, de un solo salto, se podían agarrar los barrotes que protegían el exterior de la claraboya y, alzando la mirada, se vislumbraba el pinar donde los agentes secretos del Kuomintang asesinaron a Yang Hucheng.
Liao: ¿Cómo estás tan familiarizado con la ubicación?
Cui: Al igual que hay genios que no olvidan jamás lo que han estudiado, yo soy un genio del robo y tengo memoria fotográfica de todos los sitios por los que paso. Y, la verdad, los
dos meses en los que estuve encerrado me bastaron para memorizar cada piedra y ladrillo de la prisión. Se decía que nunca nadie se había escapado de esa cárcel, pero vete a saber. La piedra también puede romperse… Yo había conseguido entrar y salir tantas veces de celdas de aislamiento que parecían cajas fuertes que… ¿quién sería capaz de frenarme? La mayor dificultad es pasar desapercibido, pero es imposible estando como estábamos encerrados bajo el mismo techo, cada uno con un motivo oculto en su interior. Durante el primer mes, como me interrogaron diariamente, mi mente no estaba muy clara, pero los encargados de mi caso se dieron por contentos con mis confesiones y quisieron continuar la investigación y definir el siguiente paso de la estrategia, de manera que decidieron posponer los interrogatorios.
Liao: Las investigaciones siempre se basan en palizas, ¿a ti no te pegaron?
Cui: Los novatos reciben palizas como aviso por parte de los superiores. Hay muchos tipos de torturas, pero yo no soy un criminal cualquiera y, además, mi cociente intelectual es altísimo. Por eso los guardias se encargaron personalmente de buscar al director de la cárcel y hablar con él para evitar que llegáramos a las manos. Pero la verdad es que con todos aquellos interrogatorios no tenía ni un momento para poder pensar con tranquilidad en el modo de escapar, pues los presos hacíamos
absolutamente todo a la vez y siempre teníamos vigilantes por los cuatro costados: durante la comida, en el tiempo del par de descansos que nos estaban permitidos… Todo menos ir al baño.
Con la puerta cerrada, bajo una luz sombría y con olor a jabón, la sala de inodoros y la sala de duchas se convertían en el mejor lugar para que una mente solitaria como la mía pudiera pensar.
Liao: ¿Y el resto de los presos no iba al baño?
Cui: Sí, claro. Las letrinas de la cárcel eran muy grandes, como la mitad de una persona de bastante altura. Como el sistema de desagüe era antiguo, cuando se atascaban dos inodoros, se tenían que vaciar las letrinas. Y por esa razón, en cuanto traían una bomba de agua para vaciarlas, cientos de presos aprovechaban y se ponían a lavar ropa en el patio, salían para contemplar el cielo y respirar un poco de aire fresco, algunos también se dedicaban a intercambiar cosas. Como te he dicho, trataba de aclarar mis ideas allí, pero ni aun estando yo, un ladrón de mi nivel, diez minutos en los servicios, era capaz de olvidar que aquello era una cárcel. En las únicas dos ocasiones en las que podía ir al baño, tenía que poder pensar en un plan y, claro, no podía permanecer mucho rato dentro para no levantar sospechas. La ventana del baño daba a un gran muro, una salida sin escapatoria, pero se me ocurrió que, al ser una cárcel antigua, el sistema de tuberías por donde caían los excrementos no contaría con
un sistema de extracción por bombeo, de manera que quizás pudiera escaparme por el canal de desagüe. Así que la primera pregunta era dónde se encontraba la boca de entrada, si dentro o fuera de la cárcel, y, la segunda, si estaría cerrada por una tapa y cuánto pesaría esa tapa. También me preguntaba si estaría protegida por alguna trampilla de hierro. A decir verdad, justo una semana antes de mi fuga tuve mis dudas, porque un día, mientras me duchaba, desde el orificio por donde caía el agua, advertí que por la pared corría un canal que afortunadamente era un punto muerto para los centinelas. Después, oí el ruido que hace un gato al atrapar a un ratón justo al otro lado de la pared. Y entonces pensé que si cabía un gato, yo podría meterme tumbado. Sólo con pensar en esa fuga me emocioné sobremanera, pero ese plan necesitaba la colaboración de tres personas.
Primero tenía que despistar al guardia, pues cuando los de la dirección acabaran de ducharse, él tenía el privilegio de entrar primero a la ducha, así que necesitaría que alguien vigilara la
puerta. También a dos personas más para que me levantaran y así poder agarrarme a las tuberías y meterme por el conducto.
Liao: Y eso sería demasiado arriesgado.
Cui: Sí, tener que confiar en tres personas me aterraba más que estar en la cárcel, de manera que lo único que podía hacer era meterme por el conducto del váter. Por fin llegó mi oportunidad: oí que un hombre con acento de pueblo estaba tirando los excrementos del váter. El corazón me latía tan fuerte que temí que se me saliera del pecho, pero finalmente lo logré. Yo estaba seguro de que escaparía de la muerte. Una vez dentro, el siguiente paso era calcular el tiempo necesario para
hacer todo el recorrido al ritmo previsto. Quince minutos de descanso menos varios minutos para recorrer los seis inodoros eran un total de diez minutos, más tres minutos de recuento
de personal; luego, descubrir que falta alguien, buscar al susodicho y llamar al equipo de búsqueda, seis minutos más; más dos minutos para que salieran a la búsqueda… La diferencia de tiempo entre el momento en que yo había iniciado el recorrido y el momento en que ellos emprendieran la búsqueda, nueve minutos, es decir, que disponía de una media hora para poder salir de la zona, bajar al pie de la montaña y perderme entre el gentío de alguna población grande.
Liao: Parece una película.
Cui: ¡Qué película ni qué nada! Cuando me arrestaron hicieron falta veinte minutos en coche para trasladarme desde el pie de la montaña a la cima y supuse que tardaría lo mismo
yo haciendo el camino a pie, por ser ladera abajo. Y tampoco corría peligro si me retrasaba ocho minutos en el canal de excrementos o por los alrededores. Justo al lado de la cárcel había
una academia de ciencias desde donde reverberaba el soniquete de los estudiantes que memorizaban las lecciones repitiendo textos y seguramente supondrían que me escondería allí, por la montaña, bastante cerca.
Liao: Claro, ¿pero no crees que era un riesgo poder encontrarte con algún visitante que estuviera subiendo por la montaña mientras tú descendías por ella?
Cui: En ese caso, habría ido directamente a por él para asustarlo. Había pensado docenas de veces en mi fuga, soñaba en ella hasta el punto de despertarme a medianoche sin dejar de mover las piernas, como si corriera. Y, sorprendentemente, las cosas salieron a la perfección, incluso me acuerdo que era
el 6 de mayo de 1990, sólo me faltaban tres días para cumplir los treinta. Por la tarde, metí en una bolsa de plástico una camiseta, pantalones cortos, unas zapatillas de lona y una toalla, y me la até a la cintura, debajo de mi uniforme. En cuanto sonó la campana del descanso, seguí a los demás presos por el pasillo y, a los dos minutos, ya estaba bajando por las escaleras hacia el patio de la prisión. Me giré resguardando la puerta y dirigí una mirada hacia la cámara que había en la segunda
planta, vislumbré a los dos guardias que allí había charlando amistosamente. Acto seguido, me colé en el servicio y me metí por el canal de desagüe. Mis pantalones eran demasiado holgados y me dificultaban los movimientos. Un preso entró a orinar y yo tuve que permanecer de cuclillas ansioso por no perder ni un solo segundo. Acto seguido, con lágrimas en los ojos por el fuerte mal olor de los excrementos, me quité el uniforme. El canal era tan estrecho que de cuclillas mi cabeza
rozaba el techo. Mis manos me guiaban y avanzaba temeroso de que se me desgarraran las orejas y el pene me explotara en aquella posición tan incómoda. No sabía la profundidad de la letrina. A mi alrededor todo eran excrementos apestosos y, mientras avanzaba, alguna que otra rata se cruzó en mi camino. Temí que el corazón se me saliera del pecho. El tiempo pasaba jodidamente despacio, como si hubieran pasado años, mi cuerpo entero se agitaba en temblores y no me atrevía a abrir los ojos. Al menos no tenía que nadar entre heces, pues las aguas fecales eran espesas y podía ir avanzando de cuclillas. Si bien el agua sólo me llegaba al cuello, temía terminar ahogado. Continué avanzando y avanzando hasta por fin llegar a la red metálica. Al abrir los ojos vi la salida a tan sólo un metro. En ese instante temí perder los nervios. La rejilla sólo podía abrirse hasta la mitad, así que no tuve más remedio que meterme a la fuerza y me hice dos cortes. Pasar me costó muchísimo, pero yo estaba en forma y, por los nervios, creí que ya habrían pasado diez minutos, pero había sido más rápido
y no habían pasado ni seis. Abrí la bolsa de plástico y me limpié los excrementos con la toalla. Después me cambié de camiseta y me puse los pantalones cortos y las zapatillas, para salir
corriendo ladera abajo como si fuera un atleta en plena carrera, un atleta que apestaba, eso sí, pero un atleta.
Salté zanjas y fosas a toda velocidad. Si existiera, seguro que superé el récord de los mil metros en campo abierto. Para no perder ni un segundo, no seguía la ruta de los caminos serpenteantes, propios de aquellas montañas, si no que iba recto, saltando de un nivel a otro, ladera abajo, acortando.
Creo que los montañeros con los que me topé se tapaban la nariz al pasar por su lado. También me pareció oír tras de mí varias sirenas de coches, pero debieron de ser alucinaciones.
Cerca del cementerio Los Mártires hay una escuela de idiomas y me dirigí a ella. Atravesé su pista de deportes. Corrí a pleno pulmón, tan tenso que mis músculos parecían estallar bajo la
camiseta y los pantalones. Y por eso pasé desapercibido: parecía un deportista. Me dirigí al edificio de los dormitorios de los estudiantes y, después de darme allí una ducha rápida, me vestí con una camiseta y un pantalón medio húmedos que vi colgados en la ventana, para, acto seguido, volver a emprender la carrera.
En aquella zona, perteneciente a la ciudad-distrito de Shapingba, había un gran hospital donde pensaba esconderme. Entonces decidí parar a un taxi para recorrer unos kilómetros
lo más rápido posible. Cuando estábamos pasando por el hospital le dije: «Perdone, pero será mejor que pare, pues me he olvidado la cartera». El taxista se giró y me preguntó: «¿Quiere
que demos la vuelta y la coge?», pero para entonces yo ya había abierto la puerta y me había bajado. Se oían las sirenas de alarma, el equipo de búsqueda ya había llegado para comenzar a rastrear el lugar. Entré al hospital, atravesé el ala donde se distribuían las habitaciones y alcancé el depósito de cadáveres. La sala, de unos veinte metros cuadrados, tenía seis placas de piedra con tres cadáveres tumbados y otros dos recubiertos de hielo. No tenía alternativa, lo único que podía hacer era tumbarme y taparme con una de las sábanas azules que cubrían al resto de los cadáveres. En principio, el clima en mayo no era frío, pero después de estar recostado sobre esa piedra durante horas, el frío se te calaba por los huesos. Aquella sala tenía una luz mortecina y el olor putrefacto de los cadáveres que, por el charco de sangre que vi en el suelo, debían de ser víctimas de accidentes de tráfico, impregnaba toda la estancia. Desesperado, ansiaba que anocheciera, pero el cielo no se oscurecía nunca. Se oía el graznido de los cuervos que descansaban en los árboles del exterior y el rugido que provocaban los remolinos de viento al colarse por la puerta hacía que se me pusieran los
pelos de punta. Si por alguna casualidad entraba alguien, yo estaría acabado. En el momento en el que me destaparan tendría que agarrar a quien fuera y estrangularlo en el acto.
Liao: En tu situación, más te habría valido entregarte a la policía.
Cui: Ya no había marcha atrás. Y, además, no hay que temer a los muertos sino a los vivos.
Liao: ¿Cuánto tiempo permaneciste tumbado?
Cui: Una vida entera. Cuando me incorporé tenía el cuerpo adormecido del frío.
Liao: ¿Cómo eras consciente de cuánto tiempo iba pasando si no tenías reloj?
Cui: Contaba mis propios latidos. Cuando se me aceleraba el corazón, tres equivalían a un segundo y, cuando me tranquilizaba, un latido era un segundo. Después acabé durmiéndome. Cuando me desperté, oí ruidos de la sala contigua, el entrechocar de cubiertos y platos de la cena de los enfermeros de guardia. Y aquello despertó tanto mi apetito que empecé a sentir dolor de estómago. Más de una vez tuve la tentación de levantarme y andar un poco para que se me aliviara, pero acabé
conteniéndome. Durante dos horas estuvieron cenando y bebiendo y, antes de que se fueran a dormir, se pusieron a dar voces cantando una ópera, cuya letra recuerdo tan bien que te podría recitar ahora mismo las estrofas.
Liao: ¿Todavía te acuerdas?
Cui: No sé cómo, pero sí, me acuerdo. Cuando salí de la morgue debía de ser medianoche. Di vueltas por los pasillos del hospital en busca del comedor y encontré a dos enfermeras que salían de la cocina cargadas con bandejas con la comida caliente sin dejar de hablar y reír. No pasé desapercibido, pues
gritaron un «¿Quién anda ahí?», tiraron sus bandejas al suelo y se fueron a llamar a alguien. Yo me largué de allí, no había un solo lugar en el que pudiera estar a salvo, así que pensé que
lo mejor que podía hacer era esconderme otro rato en la morgue. Y entonces encontré un termo eléctrico con agua caliente y bebí un poco, lo justo para calmar la sed que sufría. Me agaché un rato para entrar en calor y después continué avanzando. Subí las siete plantas. Cuando iba por la quinta, di con una sala vacía con las luces encendidas. A hurtadillas entré y cogí una bata blanca, un gorro, una mascarilla y un estetoscopio.
Y disfrazado de doctor, me dirigí directamente a la segunda planta, a la zona de ginecología y obstetricia, pues simulando hacer la ronda por las habitaciones podría encontrar cosas que me fueran de utilidad. Encontré mil yuanes y, además, me hice con un trozo de pastel, leche y fruta.
Justo al lado del hospital estaba la universidad militar de medicina y allí me dirigí. Alcancé los dormitorios de los estudiantes y me llevé un uniforme. El cielo ya clareaba. Enfrente de la sala de audiovisuales había un autobús aparcado. Subí y me tumbé en la última fila. Tenía tanto sueño que fue tumbarme y caer rendido, hasta que una marabunta de soldados me despertó para que me recolocara en una esquina. El sol resplandecía y el autobús estaba repleto de militares. El oficial
que se sentó a mi lado me preguntó a qué grupo pertenecía, pero no supe qué responderle, sólo pude levantar la mano y señalar los cables del autobús eléctrico. «¿El de mecánica?», me preguntó al mirar los cables. Yo asentí con la cabeza. Al escuchar a los militares del autobús me di cuenta de que era
domingo. Nos dirigimos al centro de la ciudad, donde pude volver a contemplar a montones de chicas guapas y, sobre todo, a volver a saborear la libertad.
Liao: ¿Qué pasó después?
Cui: Fui fugitivo y di vueltas por todo el país, de mal en peor. Robaba tanto dinero que perdí el gusto de gastarlo. Lo único que quería era estar solo. Ni siquiera después de comprar una casa en Beihai me sentí en paz. No me gusta tener que hablar con hombres de negocios, no me interesa lo más
mínimo. En serio, en cuanto no tienes nada que hacer, empiezas a darle vueltas a la cabeza y hasta sueñas con policías que te persiguen. Aparte de pasarlo bien, el sentido de la vida es llegar a lo más alto de tu profesión y yo ya lo había conseguido.
Cambiar de profesión, hacerme hombre de negocios, y tener que llegar otra vez a la cima era para mí imposible.
Liao: ¿Formaste una familia?
Cui: Tuve una amante que compartía conmigo el gusto por las canciones de Angus Tung, el cantante taiwanés. Quería casarme con ella, pero no podía, pues una amante puede no saber a qué te dedicas, pero tu mujer lo tiene que saber todo de ti. Así es la tradición en China.
Liao: ¿Y cómo te detuvieron?
Cui: Habían pasado ya dos años desde que me escapé de la cárcel y, como creía que no pasaría nada, regresé a Chongqing y volví a mi vida anterior. Salía con mis amigos a jugar y apostar dinero, pero un día forcé la sala de la caja fuerte de una empresa. No te engaño si te digo que entré por la puerta
principal y que el sistema de alarma exterior saltó pasados los diez minutos, cuando yo sólo había tardado ocho en abrirla.
Escuché el tictac de la alarma, introduje la hoja del cuchillo por una raja de la puerta y corté el cable de la alarma. Joder, ¿ése era todo el sistema antirrobo con seguridad reforzada por infrarrojos? Estaba chupado. Me di la vuelta, me metí un chicle en la boca y salí haciendo pompas. Me fue tan fácil que no sentí el más mínimo placer. En esa ocasión fueron quinientos mil yuanes y algunas acciones. Justo en el momento en que empecé a alegrarme, justo en el momento en el que mi entusiasmo iba a dispararse, como una mecha que se convertiría en llamas, me descubrieron. Me pillaron cuando aún tenía dibujada la sonrisa en el rostro. Como tocar el cielo y descender a las profundidades. He de decir que esa vez por fin encontré la paz. Me levanté y extendí las manos para que me colocaran las
esposas y dije: «Vámonos».
Liao: Y ahora que estás sentenciado a pena de muerte, ¿sigues encontrándote en paz?
Cui: Pienso mucho en la fuga que llevé a cabo hace dos años y me parece increíble. Además, nadie puede escapar a su destino. Y el mío es éste. Aunque mi cuerpo ha sido libre, mi alma no. Le debo muchas cosas a esta sociedad: debí haber donado el dinero robado para ayudar a los necesitados, a
niños analfabetos, a desempleados, a prostitutas… ¿Qué me diferencia de los oficiales corruptos? Olvidémoslo… Tú has podido estudiar y, como ya sabrás, para hacer cualquier cosa
en esta vida se necesita pasión y yo ya he perdido la pasión por continuar viviendo. ¿A ti aún te queda?
Liao: ¿A mí? ¡Quién sabe!

lunes, 12 de octubre de 2015

Club de Arquería de Tiro Federal Tucumán, “semillero” y escuela

En las instalaciones ubicadas en Silvano Bores 555 se dictan cursos para todas las edades.


“El “semillero” o curso de instrucción lo empezamos hace 2 meses, consiste en preparar a los chicos en Tiro con arco desde la edad de 4 a 10 años, el curso se realiza los días sábados  desde las 10 y 30 de la mañana hasta 12 menos 10”, expresó Ulises uno de los instructores de la disciplina.
 Las personas a cargo del curso de instrucción de Tiro con Arco, llamado “semillero”, son Ulises Montalván Y Gisela Yubrín. El requisito es simple, llegarse a las instalaciones del Club Tiro Federal Tucumán (Silvano Bores 555) e inscribirse. El precio de las clases es de 250 pesos, que cubre 4 clases.
¿Qué se necesita? Nada. El club te brinda todo, arco, flechas y protección. Solo se debe pagar el curso.
Las actividades se realizan o se realizan, es decir no afecta el factor climático. Se entrena con lluvia o sin lluvia. En la institución existen dos lugares para tirar con arco: el campo de tiro que es al aire libre y la galería, que se utiliza como un salón para los cursos de iniciación y para la temporada otoño-invierno (debido a las condiciones climáticas ya sean lluvias o frio)
Hoy por hoy la arquearía está creciendo mucho. La idea fundamental es el crecimiento del club y además el crecimiento individual del tirador. Para eso se realizan 10 torneos sociales por año, este sábado 17 de octubre a partir de las 08:00 hs se realizará el torneo “Día de la madre” que será el número 8 de este año.


No hay excusa,si llueve se practica bajo techo. Además los padres son bienvenidos para acompañar a sus hijos. Algunos llevan mate para pasar el rato y compartir con los demás.


A parte del “semillero” también existen cursos para gente de 11 años en adelante, a la mañana  desde las 10:30 hasta las 12; y/o a la tarde, desde las 16:30 hasta las 18:00 hs. Asiste gente de todas las edades, como ser chicos de 11 años hasta gente de 65 años, no existe un “no” para nadie. Pablo Morata y Sofía Yubrín son dos de los cuatro instructores de este grupo. Pablo Morata contó: “Nuestra intención es fomentar este deporte que no es muy difundido o muy poco conocido, en mi caso yo no sabía que existía algo así, entré y me gustó. Es muy linda la sensación de tiro”.
“La escuela de arquearía cuesta 500 pesos por mes. No importa la edad, el que esté interesado que se llegué al club, nosotros le mostramos las instalaciones del club, les contamos un poco la historia, les enseñamos las técnicas básicas, les hablamos sobre FATARCO (Federación Argentina de Tiro con Arco). Pero más allá de todo esto lo que queremos es que tiren, lo más lindo es tirar”, añadió el experimentado “pablín”.
Lo primero que se hace es mostrar las medidas de seguridad, para tratar de cuidar a la gente, antes que nada el arco es un arma y hay que saber utilizarlo de manera responsable.
En la escuela se practica distintos tipos de tiro con arco, por ejemplo tiro con el arco llamado “Longbow” que trata de mantener la esencia primitiva, todo lo que es madera (al estilo Robín Hood), y también está el arco Recurvo que es el más desarrollado para afrontar una competencia (cabe aclarar que es un deporte olímpico).

Pablo Morata "pablín" y Sofía Yubrín "pipi" salieron de la misma escuela. Su pasión por el arco es tal que en ocasiones entrenaban 4 o 5 veces por semana.

 Para más información consultar el Facebook: Tiro Federal de Tucumán
O el grupo de Facebook: Arqueería Tiro Federal Tucumán.